-Yo crecía. Mi padre me acariciaba los pechos y decía: "Pronto serás una mujer y te irás con un chico". Yo decía: "No, no me iré nunca". Una noche, mientras dormía, cogí su mano y me la puse entre las piernas. Apretés sus dedos y conocí el placer por primera vez. Al día siguiente por la noche fui yo quien le pedí que me diera otra vez ese placer infinitamente dulce. Él lloraba, decía que no podía ser, que aquello estaba mal, pero yo insistí y supliqué. Entonces se inclinó hacia mi sexo, lo lamió, lo chupó y lo besó, y mi placer fue mucho más intenso aún que la primera vez.
Una noche estaba acostado encima
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